Homilia Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Nuestro Párroco D. Lorenzo Morant Pons

HOMILÍA DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR 2020

(Durante la crisis del Covid 19)

Cristo por nosotros se entregó hasta someterse a la muerte, y una muerte de Cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre sobre todo nombre.

Si nos hemos decidido a acompañar a Jesús en su camino, si hemos elegido llegar con Él hasta la Vida, tenemos que acompañarle en la Cruz y en el Sepulcro. Es la Pasión del Señor la única que puede iluminar todo sufrimiento de nuestra humanidad, es una transfusión de vida cuando vemos que alrededor todo se desvanece.

La mayores miserias humanas y los más grandes sentimientos (los más humanos y los más divinos) se sitúan frente a frente. La iniquidad, el egoísmo, la cerrazón, el materialismo… el odio, al fin y al cabo, se sitúan frente a la bondad, la generosidad, la revelación, el don del espíritu y el amor, al fin y al cabo. Dios nos lo da todo. ¡Todo!

Durante estos días hemos dicho muchas veces que es tiempo de volver a descubrir lo necesario, lo que permanece, lo que queda. Miremos con valentía a nuestro alrededor y en nuestro interior y démonos cuenta de qué es lo que nos importa y lo que consideramos necesario.

¿La seguridad?

Miremos alrededor y descubramos cuánto valoramos hoy la seguridad, por la que somos capaces de renunciar a nuestra vida cotidiana, la serenidad que nos da la familia y poder tenerlo todo organizado y ordenado.

En Jesús sin embargo, vemos a un Dios que renuncia a toda seguridad y se abandona en las manos de los que los odian. Su única seguridad está puesta en el Padre de modo que exclama: “si no puede apartarse de mí este caliz, que se haga tu voluntad”.

¿La libertad?

Miremos alrededor y descubramos cuánto valoramos hoy cuánto echamos d menos nuestra libertad diaria, entrar, salir, reunirnos, hacer lo que nos apetece en cada momento.

Jesús sin embargo, se deja prender, atar, llevar de un sitio a otro. En este último momento de su vida, va a a perder la libertad de decidir y otros decidirán por él, sin embargo va a ser más protagonista de su propia vida que nunca, porque no renuncia a la libertad de darse y entregarse a los demás.

¿El poder?

Miremos alrededor a esta “España de los balcones” (o de las redes sociales), hay mucho bien, pero también mucho mal. ¡Cuánta crítica, cuánta condena! ¡Qué rápidos somos para decidir sobre los demás, para hablar, para juzgar, como si tuviésemos la capacidad de decidir lo que está bien y mal y aplicarlo como una ley sobre todos. Será que es el poder que nos dejan tener.

Jesús es el inocente condenado, aquel ante quien callan los cobardes, aquel cuyo poder se va a ver juzgado y condenado. Pero libre frente a las condenas, pone su rostro a quien le insulte y sigue sirviendo y entregándose.

¿El reconocimiento?

Miremos como, más que nunca, han saltado dentro de nosotros nuestros afectos, la necesidad de demostrar cuánto queremos a los otros y de que nos digan que también nosotros somos importantes.

Pero al mirar al Crucificado, vemos al traicionado por los amigos, besado por quien lo vende, abandonado por su pueblo, y condenado por los demás. Es el que siendo Dios y amando a los suyos es acusado de demonio y de maldito y al que teniéndolo todo muere desnudo en un madero.

¿La vida?

Miremos con valentía lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Miremos cómo los paises del mundo se aferran a la vida como el bien esencial (los mismos que durante años han convertido y quieren convertir matar en un derecho). Miremos como la supervivencia se han convertido en un absoluto.

Tampoco la vida fue absoluto para el Hijo de Dios. Para Jesús, sólo somos absolutos nosotros, los suyos, los que ha amado desde el principio y por los que se ha abajado, se ha hecho pequeño, se ha rebajado hasta la muerte, y una muerte de Cruz. Tampoco Jesús se guardará su vida. Al contrario, la pondrá al servicio, la entregará, la donará a todos… eso es el amor.

¡Sólo Jesús permanece! ¡Sólo Dios basta!

Este año no tenemos distracciones, este año ninguna costumbre nos separa de la Pasión del Señor. Este año sólo lo tenemos a Él, entregándose y ofreciéndose por nosotros hasta el final. Podemos mirar sólo el Misterio inmenso de la Pasión,  Muerte y Resurrección de Jesús, y descubrir que Dios se ha entregado por nosotros sin guardarse nada.

Su actitud es la firma de su vida. Jesús es el que viene a cumplir la voluntad de Dios, el que cumple las Escrituras, las Promesas que el Padre había hecho a lo largo de la historia, y lo hace a través del sufrimiento. El cumplimiento de las Escrituras es el mayor signo, pero no de triunfo sino de fidelidad. Es el signo de que la única referencia de Jesús es la fidelidad a la voluntad de Dios, del Padre que nos ha amado y ha preparado una historia de salvación con los hombres. Jesús no vive por sí mismo, sino que vive de Dios y para Dios. Sólo quiere cumplir el plan de Dios y lo hará a través del abandono, de la traición, de la soledad, del sufrimiento, de la cruz y de la muerte. El que entra en Jerusalén como Rey Pacífico , a las afueras será clavado en un madero como un Rey condenado del que todos se burlan y que perdona a quienes lo condenan.

A nosotros nos invita a estar con Él, a contemplarle y ser salvados por esa contemplación, renunciando a nuestras seguridades, a nuestras falsas libertades frente a la verdadera Libertad, a nuestro poder sobre los demás, al deseo de ser reconocidos, e incluso al querer guardar nuestra vida a toda costa. Mejor entregarla como hace Él.

Entremos en las actitudes del Siervo de Dios, del que nos ha hablado Isaías, el que no sólo recibe pasivamente, sino que se entrega con libertad. “no me tape el rostro ante los ultrajes. Ofrecí la espalda a ultrajes y salivazos”; el que sabe que su confianza no quedará defraudada, el que confía en el amor de su Padre hasta el final. También en medio de las dificultades, de las persecuciones, de los tormentos, e incluso en el silencio de Dios, cuando, entrando hasta lo más hondo de los infiernos humanos, exclama en nombre de todos los que sufren en la tierra: ¡Dios mío, Dios mío ¿porqué me has abandonado?!

Hasta el silencio de Dios es asumido en la Cruz por aquel que ha venido a salvarnos, que nos llama a volver nuestra vida hacia Dios. Entre tanta confusión y en tanta desesperación como vemos a nuestro alrededor, Dios está llamando a nuestro corazón. Él ya ha sufrido por nosotros, y su esperanza no fue defraudada. Él es el que ha muerto, “para saber decir al abatido una palabra de aliento”.

Y porque desde la Cruz, Él nos ha salvado, es allí donde nos encontramos con la misma esperanza. La Cruz es asidero en tiempos difíciles, permanece en medio del cambio, y es esperanza en la agonía, es el único camino para la vida, el único camino para la Resurrección. Seamos realistas y valientes  para preguntarnos y responder ¿Estamos dispuestos a ella? ¿Somos capaces de abrazar la Cruz del Señor? ¿Estoy dispuesto a entregar mi vida con Dios?

Si al entrar en Jerusalén con Jesús nos preguntábamos ¿quién es este? Y ¿quién soy yo ante él? ¿No es hora de que dejemos de mirarnos a nosotros mismos y clavemos los ojos en el que antes hemos clavado en la Cruz? Es por mí, que Jesús sufre. Es por mí, que Jesús muere. Es por mí…

Y tal vez yo sigo preocupado de mis comodidades, de mi bienestar, de mi aburrimiento, de mi fama, de mis libertades, de mis planes, de la salud de mi cuerpo… como si no hubiera Dios. Es momento de fijar los ojos en el Crucificado y ofrecernos a Él.

Vida, muerte, salud, enfermedad, honra, deshonra… que el Señor nos dé lo que quiera darnos, que nos dé lo que nos salve. Y si puede ser los que más nos una a Jesús crucificado, mejor nos vendrá… para “tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús”, que por nosotros se abajó hasta el final y se sometió hasta la muerte y una muerte de Cruz… para descubrir la profundidad del amor de Dios, que no se ha guardado nada para Él . Así también nosotros podremos ser levantados con Aquel que ha resucitado y vive.

Ya es hora de dejar de vivir según el mundo, para pasar a la vida según Dios, según Jesucristo, según el que se ha entregado por nosotros. Ya es hora de que dejemos de hacer inútil la Cruz del Señor con nuestras componendas y nuestros apaños, con nuestras medias tintas. Ya es hora de que renunciemos al mal y abracemos el cuerpo muerto de Jesús, que nos devolverá a la vida, porque nos llevará al amor del Padre y a la fuerza del Espíritu Santo.

Vamos con Él, hasta la Cruz, entremos en el Sepulcro, caminemos, y muramos con Él para resucitar con Él.