Homilia Entrada Jerusalén

Nuestro Párroco D. Lorenzo Morant Pons

HOMILÍA ENTRADA DE JESÚS EN JERUSALÉN

(Durante la crisis del Covid 19)

Decid a la hija de Sión: «Mira a tu rey, que viene a ti”.

La profecía de Zacarías la cumple el Señor en el Evangelio de hoy, cuando Jesús se presenta como Mesías entrando en la Ciudad Santa de Jerusalén.

Pero la profecía es para nosotros también en este momento.

Hoy comienza con ella la Semana Santa. También en este momento tan ex- traordinario que vivimos.

A lo largo de este tiempo de Cuaresma nos hemos ido preparando y le he- mos pedido al Señor que nos conceda el don de volvernos a Él. Hoy, el Se- ñor nos invita a mirar, a esperar. De algún modo quiere ser nuestro consuelo cuando se cumple la Escritura y cuando, en boca del profeta, nos dice: “Mira a tu rey, que viene a ti”.

Tal vez en medio de todo lo que estamos viviendo con esta pandemia, el pe- ligro mayor es que nos olvidemos de Dios, que pase este tiempo y no haya servido para que volvamos hacia Él nuestra mirada. Que permanezcamos indiferentes a la oportunidad extraordinaria que estamos viviendo en la que Dios quiere entrar en nuestra ciudad, en nuestra casa, en nuestras vidas.

Tal vez el peligro más grande, para nosotros cristianos, es que sigamos sor- dos a la voz de Dios y que no le demos al Señor el lugar central que merece en nuestra vida.

Es momento de tomar partido, y es momento de proclamar que hay un acon- tecimiento que está por encima de nosotros y por encima de lo que estamos viviendo, hay acontecimientos que son más grandes que nosotros mismos y comenzamos el Memorial del mayor de los acontecimientos: la Pasión, Muer- te y Resurrección de Aquel que nos amó hasta el extremo.

Ahora mismo podrían hacernos a nosotros la misma pregunta que en Jerusa- lén se hacían todos: “¿y quién es este?”. Al ver entrar a Jesús muchos se hacían la pregunta.

Jesús es el que habla en nombre de Dios y el que trae su presencia. “Es Je- sús, el profeta de Nazaret de Galilea”. Pero no trae esa presencia de Dios al modo que a nosotros nos gustaría. Ni dice de parte de Dios lo que querría- mos. Jesús no entra de modo triunfante, glorioso y poderoso al modo de los hombres, sino de manera humilde, sencilla y callada, al modo de Dios. No entra como los grandes reyes, guerreros victoriosos sobre el mejor corcel, sino como hombre pacífico, sobre un borriquillo y como el más pobre, sobre un borriquillo prestado.

Entra siendo una vez más el necesitado, el menesteroso, el que pide. Es siempre le que cuenta con nosotros incluso para nuestra salvación y reden- ción, la que no podemos conseguir por nosotros mismos, pero la que Dios nos quiere dar contando con nosotros y con lo poco que podamos ofrecerle. Aquel que no había querido presumir de nada durante su vida, muestra aho- ra su identidad entre los vítores de los sencillos. Es el Mesías, pero no el Mesías poderoso que se impone por la fuerza, sino el callado y obediente que desciende a lo más hondo de nuestra humanidad para rescatarnos, que responderá al envío del Padre subiendo a la Cruz y bajando hasta los infier- nos.

Es momento de mirar a Jesús, y mirarlo para que vuelva a brotar en nosotros la más honda esperanza. Es momento de gritarlo también nosotros, llenos de alegría, y de ser testimonios de su presencia.

Y es el Dios que llora por su pueblo, es el Dios que se lamenta de que su ciudad no quiera reconocerle. Es aquel que llora por nosotros cuando segui- mos ciegos a Él.

El Señor viene a visitarnos y especialmente en este tiempo difícil tenemos que recordar que Él viene a buscarnos a cada uno de nosotros para que nos volvamos a Él.

Hoy comenzamos esta Semana Santa, como decíamos, sabemos que co- mienza con la entrada triunfal de un Mesías humilde en Jerusalén, pero que el mismo Mesías será negado y expulsado para morir a las afueras de la ciu- dad.

Por eso aún tenemos que hacernos otra pregunta: ¿Y quién soy yo y donde me sitúo ante Jesús?

Seguramente nos situamos rápidamente entre los alborotadores jubilosos que dan vítores a Dios. Que cantan agradecidos por su presencia. Pero los mismos que hoy le aclaman serán los que pedirán después que Jesús sea Crucificado. Jesús entra entre vítores en Jerusalén, la multitud lo aclama, como poco después lo insultará para expulsarlo y que muera a las afueras  de la ciudad.

Como tantas veces nosotros, a menudo usamos de Dios cuando nos convie- ne y lo condenamos cuando nos parece que va a estorbar. Tantas veces so-

mos para Dios hoy “sí” y mañana “no”… También nosotros podemos pasar del aplauso a clavarlo en la Cruz. No ignoremos el entusiasmo de aquella gente, que habían escuchado la Buena Noticia, se ilusionan, se entusias- man, creen en los signos, pero después serán capaces de renunciar a Jesús, ante el escándalo de la Cruz. Jesús lo sabe, ha llorado ya por su ciudad, pero sigue buscándola, no rechaza a nadie, apuesta por la humanidad, apuesta por cada uno de nosotros.

Aún peor, podemos ser de aquellos que se mantienen incrédulos, autosufi- cientes, responsables, cuidadosos y cumplidores de la ley que no son capa- ces de reconocer al Señor que se nos muestra y se nos entrega.

Jesús está mostrándose con claridad. Cumple hoy una profecía. Es el Me- sías el que Jerusalén espera montado sobre una borriquilla. Todos podrían haber reconocido en Él a quien cumple las Escrituras. Sin embargo, su signo tiene que ser aceptado desde la fe y desde la voluntad libre del hombre, por- que Dios no se impone, Dios se ofrece.

También sigue ocurriendo hoy en día, cuando el Señor sigue dándose, pero sólo nosotros podemos reconocerle o rechazarle. Él no se impondrá sobre nuestra voluntad.

Por eso, al comenzar estos días, me tengo que preguntar ¿Dónde vamos a estar nosotros en el momento de la Pasión de Jesús?¿Entre los que dan la cara o entre los que se esconden? O aún peor, podemos estar entre los perseguidores, los que no quieren ver. Le ocurre aún hoy a Jesús en su Cuerpo, su Iglesia que no va a ser reconocida, por más signos que ofrezca al mundo, y como su Señor, tampoco tiene porqué serlo. Muchos no querrán comprender sus signos, pero su misión sigue siendo acercar el amor de Dios a todos. Como Jesús, es consciente de la tensión que crea el mensaje del Evangelio, pero no deja de caminar hacia la Cruz y con la verdad de su Pa- labra, sabiendo que se expone a que muchos le insulten y desprecien.

En esta Semana Santa tan especial que comenzamos, procuremos ser de los que sirven, no sólo de los que aplauden al Señor sino de los que están dispuestos a caminar con Él hasta la Cruz.

Jesús entra en Jerusalén, pero tendrá que atravesar la Cruz y el Sepulcro para salir triunfante de él y darnos vida. A nosotros nos toca caminar con Él, y hacer su mismo camino por la Pasión, dejar de estar del lado de los espec- tadores para unirnos a Él, de tal manera que si alguien nos pregunta: “¿quién es ese?”, sepamos responder y responder no sólo con palabras entendidas, sino con la experiencia profunda de quien ha caminado con Jesús, de quien muere con Él, para con Él resucitar.