Homilia Jueves Santo

HOMILÍA JUEVES SANTO MISA EN LA CENA DEL SEÑOR 2020 (Durante la crisis del Covid 19) Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Y así comienza la Pascua, que sólo tienen un motivo y una raíz: el amor de Dios. Sólo esa es la razón de que podamos celebrar hoy este Jue-ves Santo: que habiendo amado a los suyos NOS amó hasta el extremo. La iniciativa es de Dios, es Dios quien lo hace y en Él comienza todo. Ojalá todo lo que estamos viviendo en estos días nos ayude a redescubrir algo que muchas veces hemos olvidado. Que la iniciativa de nuestra vida es de Dios. De Él venimos y a Él volvemos. Y sólo por su amor todo cobra sen-tido. Ojalá dejemos a Dios ser Dios, porque me temo que a menudo nos hemos acostumbrado a ir por delante y después pedirle a Dios su favor, y sin em-bargo el Señor nos llama a nosotros a seguirle, a caminar tras sus pasos, a tener un pensamiento distinto del del mundo, el pensamiento de Dios que escapa a la “sabiduría” y a la “sensatez” humana y al que no podemos en-contrar un sentido desde nosotros mismos por más que nos empeñemos. ¿Cómo encontrarle sentido a un Dios que nos llama amigos? ¿Cómo encontrarle sentido a un Dios que se hace nuestro siervo? ¿Cómo en-contrarle sentido a un Dios que nos ama hasta el extremo? Ante este misterio sólo nos queda agachar la cabeza, doblar las rodillas y agradecer asombrados y conmovidos el amor inmenso de nuestro Dios, reci-biendo a manos abiertas la bendición que Dios quiere darnos. Y al levantar la Parroquia de San Benito Primera lectura, del libro de Isaías (50,4-9a). No escondí el rostro ante ultrajes. Salmo 68, 8-10. 21-22. 31 y 33-34. Señor, que me escuche tu gran bondad el día de tu favor. Evangelio según San Mateo (26, 14-25). El Hijo del hombre se va como está escrito; pero, ¡ay de aquel por quien es entrega-do! cabeza, aprender en la escuela de Jesucristo el verdadero arte del amor, que no es compatible con nuestros egoísmos, ni nuestros proyectos medidos, ni nuestras medias tintas y componendas. Porque amar según Dios es servir y servir según Dios es dar la vida, es morir por aquellos a quienes se ama. “Porque nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”; nos dirá en esta Cena Jesús. Amar es de-jarse la vida por el otro. Lo demás es jugar a ser cristianos, a veces incluso jugar a ser Dios. Seguir a Jesucristo, amar como Jesucristo, es estar dis-puesto a dar la vida como Jesucristo. De ahí este testamento definitivo que Jesús nos deja en esta tarde, cuando habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo y cuando comienza su entrega en la Pascua verdadera que llena de un sentido nuevo (divino, que no humano) la historia de la humanidad. Dos dones nos deja el Señor al inaugurar su Pascua. Dos dones que adelan-tan ya su entrega en la Cruz y su fidelidad total a Dios y a los hombres: – La fraternidad y la Iglesia – La Eucaristía y el sacerdocio La Iglesia y la fraternidad Estamos llamados a ser hermanos, a ser Iglesia, a ser servidores unos de otros, y no hay posibilidad de interpretar de otro modo su mensaje: “amaos unos a otros como yo os he amado, y en esto conocerán que sois mis discí-pulos”. No existe una fe sin comunidad, sin Iglesia, sin comunión, sin frater-nidad o sin servicio. En estos momentos tan difíciles que estamos viviendo, parece que hay mu-chos empeñados en reducir a Dios a lo íntimo, como si fuese sólo una viven-cia personal y subjetiva. También entre los cristianos lo vemos a veces así, cuando nos parece que Dios es sólo aquel que me hace sentirme reconfor-tado, tranquilo y cómodo y contento. El peligro de este tiempo es que quieran hacernos creer que se puede vivir la fe sin comunidad, sin Iglesia y sin her-manos. Pero aunque el enemigo intenta hacer invisible a la Iglesia, separarnos de ese corazón de Cristo que es la fraternidad de su Cuerpo, surgen, con la fuerza del Espíritu Santo, ejemplos que nos hacen agradecer de nuevo el don de la Iglesia y de la fraternidad. – El deseo de unirnos, de compartir, de formar una asamblea, de saber que solos no podemos. Ese anhelo, ese deseo es ya un signo de fraternidad y de la presencia de Jesús que nos une. No lo olvidemos, somos el Cuerpo de Jesucristo, y por eso estamos llamados a compartir con él la Cruz y el Sepulcro, para poder compartir con Él la Resurrección. – Las iglesias domésticas son cada vez más fuertes en estos días. Matri-monios y familias que descubren que están llamados a compartir y vivir la fe juntos, desde casa, desde compartir el amor y el servicio mutuo. Eso es hacer Iglesia doméstica. ¡Qué necesario! ¡Qué importante es el deseo de compartir la oración! – Pienso en el ejemplo de los jóvenes, o de las personas que están apren-diendo en estos días a unirse desde la oración. Sabiendo que surge una comunión cuando desde distintos lugares se comparte la oración. Qué be-lleza que los cristianos sepamos hacer iglesia en la distancia. – Pienso en tantos servidores. La Iglesia sigue estando en la primera línea de batalla. ¡Qué grandeza esta Iglesia que sigue contando con tantas ma-nos dispuestas!. Pienso además como se manifiesta la obra de Dios, en tantos voluntarios que sirven hoy en nombre de la Iglesia a los más nece-sitados. Dios nos vuelve a dar una lección a través de los más sencillos. La fe de los sencillos es hoy la que le presta las manos y los pies al Cuer-po de Cristo para seguir sirviendo. No deja de ser una llamada de aten-ción, que como en el evangelio no son los sabios ni los entendidos ni los dispuestos, no son los que creíamos, los de una fe madura y consistente, sino aquellos a quienes muchas veces hemos mirado por encima del hombro, los que a veces menospreciamos, o hemos compadecido como si fueran menores, las hermandades con su religiosidad popular, y aún más, los costaleros son los que están dando un testimonio claro y real del ser-vicio de la Iglesia. Son los que sirven y se agachan para lavar los pies de sus hermanos, son los que se prestan a ser manos y pies de Jesús los que nos están enseñando a los que a menudo nos creemos cabeza y co-razón de este Cuerpo bendito. El don de la fraternidad, de la comunidad, de la Iglesia, de compartir, transmi-tir la fe, el don de servir a los más pobres es el don de Jesucristo en un día como este. Es su llamada a amar sin límites, viviendo hasta el fondo el amor que el Señor pone en nosotros, su llamada a hacernos todos servidores, cada uno en nuestro lugar, haciéndonos pequeños, mostrando el testimonio del amor de Dios en cada gesto sencillo, en cada sonrisa, en cada servicio. En el fondo, es simplemente, cada uno en nuestro lugar, compartir el amor de Jesucristo dejándonos la vida por los demás. La Eucaristía Y junto al servicio está el don inmenso de la Eucaristía. Porque no hay Euca-ristía sin don de uno mismo, y sin servicio. La Eucaristía es la Entrega más absoluta, donde Dios se nos da del todo. El mismo Dios viene a estar con nosotros, viene a bendecirnos, viene a hacerse compañero de nuestro ca-mino. Igual que hay quien se empeña en mostrar un mundo sin Iglesia, hay quien cree que podemos prescindir de la Eucaristía. Es la gran mentira en la que podemos estar viviendo. Y no, no podemos prescindir de Jesús Eucaristía, por más que en este momento tengamos que compartir este doloroso “ayuno de Dios”, que nos está marcando tan terriblemente. De un modo especial, en esta tarde no puedo evitar pensar en tantas perso-nas que no pueden compartir esta Mesa, y sufrir por todos los que no pue-den participar hoy de esta Sagrada Comunión… y este pensamiento me lleva más allá, a tantas personas que no han podido en la historia, o a tantos que aún hoy tienen tantas dificultades para poder acercarse a la Mesa del Señor, en medio de persecuciones, por falta de sacerdotes, o en medio de guerras y calamidades. Hoy pienso en los santos y en su vivencia de la Eucaristía. En santos sacer-dotes que han sufrido y llorado tanto cuando no han podido celebrar la Euca-ristía. Pienso en aquel obispo que en la cárcel, incluso aislado, celebraba la Euca-ristía con un pedacito de pan y una gota de vino en la palma de su mano. Pienso en cómo el Señor se escondía en el sagrario improvisado que era un paquete de tabaco que los presos pasaban de mano en mano, para poder comulgar. Pienso en la comunión escondida en la cesta de bocadillos de los mártires claretianos de Barbastro. Pienso en la Eucaristía celebrada en las letrinas de los campos de concen-tración de Austzwich o Dachau, en la miseria y la podredumbre se hacía pre-sente Jesús el Señor. ¡Qué grande es la Eucaristía en los lugares más mise-rables! Pienso en los mártires de la persecución de Diocleciano, mártires que daban la vida por poder celebrar la Eucaristía, porque no se entendían a sí mismos sin ella y exclamaban para explicarlo: “no podemos vivir sin domingo”. Y pienso en el deseo que en todos nosotros debería surgir continuamente de postrarnos ante ese Cuerpo de Cristo entregado por nosotros y para noso-tros. Tal vez necesitamos este momento para volver a reconocer el privilegio que es poder comulgar, para recordar el regalo inmenso de acercarnos a la Euca-ristía, para saber valorar de verdad lo que significa que todo un Dios viene a hacerse fuerza y alimento de mi alma y de mi vida. Tal vez necesitamos vol-ver a asombrarnos cada vez que delante de nosotros se manifiesta el Cuer-po de Cristo hecho Pan. El regalo de este tiempo, puede ser, por la ausencia, la privación y el ayuno que nos demos cuenta de que necesitamos de la Eu-caristía, que tenemos que comer y adorar este Cuerpo entregado por noso- tros y que sin Él no podemos vivir. Hoy pido al Señor que nos haga sentir hambre de Dios y verdadero deseo de su Presencia. No podemos sustituir por nada la Presencia Real de Jesús entre nosotros. Tenemos que desear compartir la Eucaristía en la Iglesia, volver a unirnos en torno a la Mesa que Jesús el Señor ha preparado para nosotros. Pido al Señor que podamos entrar en ese misterio de la Eucaristía, alimento verdadero, más allá de la vida, que nos prepara a nosotros para entregarnos como se entrega Cristo. El Señor nos está llamando a ser testigos, a desear profundamente amar más, por aquellos que no aman y servir mejor por aquellos que no pueden servir. Pido hambre de Dios, para los que podemos acercarnos a la Eucaristía y para todos aquellos que no podrán encontrarse con Cristo Sacramentado. El sacerdocio Pero el don de la Eucaristía está íntimamente unido al don del sacerdocio. Porque es para eso para lo que servimos los sacerdotes, para celebrar la Eucaristía, para traer la Presencia de Dios a este mundo y para acercar las necesidades de este mundo a Dios; eso es ser sacerdote. Este tiempo está siendo difícil, pero al mismo tiempo, ya he dicho varias ve-ces que nunca me he sentido tan cura, por lo que hago y lo que no hago, porque estoy dedicado más que nunca a la Palabra, a los sacramentos y a la oración, y tengo que decir que nunca me he sentido tan sacerdote como po-niéndome delante del Señor, y trayendo delante de Él cada nombre, cada rostro y cada historia… Cuando cada noche me acerco al sagrario (donde sigue escrita la llamada de Jesús: “Yo soy la vida”) traigo ante Él a toda la parroquia, a cada uno de los que la forman, a quienes estarían si pudieran, a tantas personas que se si-guen encomendando a mi oración, a los enfermos, a moribundos sin consue-lo ni familia a su lado, a tantas personas con necesidades… y al ponerlos de-lante de Dios, muchas veces siento que es cierto que nos faltan fuerzas, pero también siento que nos falta la valentía de acudir a Él. Por eso necesito acudir a Él. Subir con Él a la Cruz, para poder aliviar los miedos, las angustias, el sufrimiento y el dolor de tantas personas. Poder servir así, como sacerdote, es un don, me regala el Señor ser sacerdote, y poder serlo unido a Él y al pueblo (incluso cuando su pueblo no puede estar aquí). El Señor nos llama a añorar al pueblo en su ausencia, a sufrir por el pueblo, y de un modo especial a compartir el dolor de todos en primera línea de batalla. Pedid por los sacerdotes, para que nos haga fuertes para saber darnos, para saber entregarnos con Él en la Cruz. Que sepamos ponernos en el último puesto, en el lugar del que sirve, del que arriesga, del que lava los pies, del que ama al traidor, del incomprendido, el lugar del Siervo del Señor que se dirige a la Cruz por amor, por amar a sus amigos hasta el extremo, el del que quiere ser como Cristo, el de quien quiere ser Cristo; eso es ser sacerdote. Y esto es lo que tenéis que pedir para nosotros, sacerdotes. A nosotros nos tocará mantener de par en par las puertas de la Iglesia, man-tenerlas abiertas de par en par porque son las puertas del Corazón de Cristo, son las puertas del Cielo. Que seamos capaces de dejarnos la vida en ello, como Jesucristo. Jueves Santo, comienza la Pascua No podemos vivir sin Dios, sin Iglesia, sin sacerdocio, sin Eucaristía. No po-demos. El regalo de este año es el hambre, el anhelo y el deseo, también en este vacío. Tal vez como el pueblo judío, este año nos toca hacer un último brindis lleno de esperanza y anhelo: “el año que viene en Jerusalén”, para recordar, todo lo que hoy nos falta y todo lo que el Señor nos quiere dar. El regalo de este año será poner al Señor en el centro frente al pensamiento del mundo, porque sólo el Evangelio responde frente a los valores caducos de este mundo. El sacerdocio, la Eucaristía, la Iglesia, el Jueves Santo nos hablan de esperanza, de entrega, de confianza, y de la verdadera salud, la salvación que nos ha conseguido aquel que nos amó hasta el extremo. Comienza la Pascua y comienza con el Amor de Dios que toma la iniciativa y que se hace realidad en un Cuerpo roto y en una Sangre derramada, en el servicio que hace nacer la Iglesia, el Sacerdocio y la Eucaristía. ¿Queréis ser cristianos? “Haced esto en memoria mía”; nos dice Jesús… y esto es compartir el Pan y lavar los pies. Celebremos el don del cielo en nuestra tierra, que se nos da en Cristo crucificado y que nos llama a dar la vida con él.