Hora Santa

Una oración profunda y sosegada, especialmente apropiada para este año puede ser la que cada uno, o todos juntos, podemos hacer acompañando al Señor en las horas de su Pasión.

Como un Via-Crucis detallado, o como una vela ante el Monumento, os proponemos poder acompañar a Jesús, a través de los relatos evangélicos, y del rezo de los salmos a través de sus horas más amargas.

No tiene porqué seguirse un modelo único (ni en duración, ni en modo de hacerlo) para este rezo sino que conviene adaptarlo a las necesidades o capacidades de cada persona o cada hogar, e incluso dentro de cada familia a las necesidades de cada miembro.

Textos de la Pasión según las horas

18.00 h. en el Cenáculo. La Eucaristía (Lc 22,15-20)

Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo: Tomad esto, y repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga. Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.

20.00 h. Jesús sale del Cenáculo (Jn 15, 17)

Esto os mando: Que os améis unos a otros.

21.00 h. En Getsemaní, la oración de Jesús. ABBÁ (Mc 14,32-38)

Vinieron, pues, a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que yo oro. Y tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a entristecerse y a angustiarse. Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad. Yéndose un poco adelante, se postró en tierra, y oró que si fuese posible, pasase de él aquella hora. Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú. Vino luego y los halló durmiendo; y dijo a Pedro: Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.

22.00 h. En Getsemaní. Sigue orando. ABBÁ (Lc 22,40-46)

Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. Cuando se levantó de la oración, y vino a sus discípulos, los halló durmiendo a causa de la tristeza; y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos, y orad para que no entréis en tentación.

23.00 h. En Getsemaní. Por tercera vez. ABBÁ (Mt 26,44-46)

Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras. Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega.

00.00 h. A medianoche. Comienza “la hora de las tinieblas”. Prendimiento. De Getsemaní a la casa de Anás (Mt 26,47-56)

Mientras todavía hablaba, vino Judas, uno de los doce, y con él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo. Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo besare, ése es; prendedle. Y en seguida se acercó a Jesús y dijo: ¡Salve, Maestro! Y le besó. Y Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué vienes? Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron. Pero uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le quitó la oreja. Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga? En aquella hora dijo Jesús a la gente: ¿Cómo contra un ladrón habéis salido con espadas y con palos para prenderme? Cada día me sentaba con vosotros enseñando en el templo, y no me prendisteis. Más todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.

1.00 h. En la casa de Caifás (Jn 18,12-24)

Entonces la compañía de soldados, el tribuno y los alguaciles de los judíos, prendieron a Jesús y le ataron, y le llevaron primeramente a Anás; porque era suegro de Caifás, que era sumo sacerdote aquel año. Era Caifás el que había dado el consejo a los judíos, de que convenía que un solo hombre muriese por el pueblo. Y seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Y este discípulo era conocido del sumo sacerdote, y entró con Jesús al patio del sumo sacerdote; mas Pedro estaba fuera, a la puerta. Salió, pues, el discípulo que era conocido del sumo sacerdote, y habló a la portera, e hizo entrar a Pedro. Entonces la criada portera dijo a Pedro: ¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? Dijo él: No lo soy. Y estaban en pie los siervos y los alguaciles que habían encendido un fuego; porque hacía frío, y se calentaban; y también con ellos estaba Pedro en pie, calentándose. Y el sumo sacerdote preguntó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le respondió: Yo públicamente he hablado al mundo; siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y nada he hablado en oculto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho. Cuando Jesús hubo dicho esto, uno de los alguaciles, que estaba allí, le dio una bofetada, diciendo: ¿Así respondes al sumo sacerdote? Jesús le respondió: Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas? Anás entonces le envió atado a Caifás, el sumo sacerdote.

2.00 h. Primera negación de Pedro (Lc 22,55-58)

Y habiendo ellos encendido fuego en medio del patio, se sentaron alrededor; y Pedro se sentó también entre ellos. Pero una criada, al verle sentado al fuego, se fijó en él, y dijo: También éste estaba con él. Pero él lo negó, diciendo: Mujer, no lo conozco. Un poco después, viéndole otro, dijo: Tú también eres de ellos. Y Pedro dijo: Hombre, no lo soy.

3.00 h. Segunda negación de Pedro (Lc 22,59-60)

Como una hora después, otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él, porque es galileo. Y Pedro dijo: Hombre, no sé lo que dices. Y en seguida, mientras él todavía hablaba, el gallo cantó.

4.00 h. Tercera negación de Pedro. Jesús se vuelve y lo mira (Lc 22,61)

Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces.

5.00 h. Comienza la aurora (Sal 15 (16))

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; 

yo digo al Señor: «Tú eres mi bien». 

Los dioses y señores de la tierra 

no me satisfacen. 

Multiplican las estatuas 

de dioses extraños; 

no derramaré sus libaciones con mis manos, 

ni tomaré sus nombres en mis labios. 

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; 

mi suerte está en tu mano: 

me ha tocado un lote hermoso, 

me encanta mi heredad. 

Bendeciré al Señor, que me aconseja, 

hasta de noche me instruye internamente. 

Tengo siempre presente al Señor, 

con él a mi derecha no vacilaré. 

Por eso se me alegra el corazón, 

se gozan mis entrañas, 

y mi carne descansa serena. 

Porque no me entregarás a la muerte, 

ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. 

Me enseñarás el sendero de la vida, 

me saciarás de gozo en tu presencia, 

de alegría perpetua a tu derecha.

6.00 h. La aurora (Sal 62 (63))

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, 

mi alma está sedienta de ti; 

mi carne tiene ansia de ti, 

como tierra reseca, agostada, sin agua. 

¡Cómo te contemplaba en el santuario 

viendo tu fuerza y tu gloria! 

Tu gracia vale más que la vida, 

te alabarán mis labios. 

Toda mi vida te bendeciré 

y alzaré las manos invocándote. 

Me saciaré como de enjundia y de manteca, 

y mis labios te alabarán jubilosos. 

En el lecho me acuerdo de ti 

y velando medito en ti, 

porque fuiste mi auxilio, 

y a la sombra de tus alas canto con júbilo; 

mi alma está unida a ti, 

y tu diestra me sostiene.

Pero los que buscan mi perdición

bajarán a lo profundo de la tierra;

serán entregados a la espada,

y echados como pasto a las raposas.

Y el rey se alegrará con Dios,

se felicitarán los que juran por su nombre,

cuando tapen la boca a los mentirosos.

7.00 h. Jesús es condenado por el Sanedrín (Mt 26,62-66)

Y levantándose el sumo sacerdote, le dijo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti? Más Jesús callaba. Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios. Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece? Y respondiendo ellos, dijeron: ¡Es reo de muerte!

8.00 h. Jesús en el pretorio ante Pilato “YO SOY REY” (Jn 18,29-39)

Entonces salió Pilato a ellos, y les dijo: ¿Qué acusación traéis contra este hombre?

Respondieron y le dijeron: Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado.

Entonces les dijo Pilato: Tomadle vosotros, y juzgadle según vuestra ley. Y los judíos le dijeron: A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie; para que se cumpliese la palabra que Jesús había dicho, dando a entender de qué muerte iba a morir.

Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?

Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?

Pilato le respondió: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?

Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.

Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.

Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad? Y cuando hubo dicho esto, salió otra vez a los judíos, y les dijo: Yo no hallo en él ningún delito.

9.00 h. Jesús ante Herodes permanece en silencio (Lc 23,4-12)

Y Pilato dijo a los principales sacerdotes, y a la gente: Ningún delito hallo en este hombre.

Pero ellos porfiaban, diciendo: Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí.

Entonces Pilato, oyendo decir, Galilea, preguntó si el hombre era galileo. Y al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que en aquellos días también estaba en Jerusalén.

Herodes, viendo a Jesús, se alegró mucho, porque hacía tiempo que deseaba verle; porque había oído muchas cosas acerca de él, y esperaba verle hacer alguna señal. Y le hacía muchas preguntas, pero él nada le respondió. Y estaban los principales sacerdotes y los escribas acusándole con gran vehemencia. Entonces Herodes con sus soldados le menospreció y escarneció, vistiéndole de una ropa espléndida; y volvió a enviarle a Pilato. Y se hicieron amigos Pilato y Herodes aquel día; porque antes estaban enemistados entre sí.

10.00 h. Tormentos de Jesús: azotes, coronación de espinas, burlas e insultos. ECCE HOMO (Jn 18,39-19,16)

Pero vosotros tenéis la costumbre de que os suelte uno en la pascua. ¿Queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos? Entonces todos dieron voces de nuevo, diciendo: No a éste, sino a Barrabás. Y Barrabás era ladrón.

Así que, entonces tomó Pilato a Jesús, y le azotó. Y los soldados entretejieron una corona de espinas, y la pusieron sobre su cabeza, y le vistieron con un manto de púrpura; y le decían: ¡Salve, Rey de los judíos! y le daban de bofetadas.

Entonces Pilato salió otra vez, y les dijo: Mirad, os lo traigo fuera, para que entendáis que ningún delito hallo en él. Y salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: ¡He aquí el hombre!

Cuando le vieron los principales sacerdotes y los alguaciles, dieron voces, diciendo: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! Pilato les dijo: Tomadle vosotros, y crucificadle; porque yo no hallo delito en él.

Los judíos le respondieron: Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios.

Cuando Pilato oyó decir esto, tuvo más miedo. Y entró otra vez en el pretorio, y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Más Jesús no le dio respuesta. Entonces le dijo Pilato: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte? Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene. Desde entonces procuraba Pilato soltarle; pero los judíos daban voces, diciendo: Si a éste sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone. Entonces Pilato, oyendo esto, llevó fuera a Jesús, y se sentó en el tribunal en el lugar llamado el Enlosado, y en hebreo Gabata.

Era la preparación de la pascua, y como la hora sexta. Entonces dijo a los judíos: ¡He aquí vuestro Rey! Pero ellos gritaron: ¡Fuera, fuera, crucifícale! Pilato les dijo: ¿A vuestro Rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: No tenemos más rey que César. Así que entonces lo entregó a ellos para que fuese crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y le llevaron.

11.00 h. Jesús carga con la Cruz (Lc 23,26-32)

Y llevándole, tomaron a cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús. Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él. Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará? Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos. Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.

12.00 h. Jesús es crucificado (Mt 27,33-44)

Y cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, que significa: Lugar de la Calavera, le dieron a beber vinagre mezclado con hiel; pero después de haberlo probado, no quiso beberlo.

Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes, para que se cumpliese lo dicho por el profeta: Partieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes. Y sentados le guardaban allí. Y pusieron sobre su cabeza su causa escrita: ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS.

Entonces crucificaron con él a dos ladrones, uno a la derecha, y otro a la izquierda.

Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él.

Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios. Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con él.

12.00-15.00 h. Jesús en la Cruz (Mt 27,45)

Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona.

Se reparten sus vestiduras (Jn 19,18-24)

Escribió también Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JUDÍOS. Y muchos de los judíos leyeron este título; porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad, y el título estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. Dijeron a Pilato los principales sacerdotes de los judíos: No escribas: Rey de los judíos; sino, que él dijo: Soy Rey de los judíos. Respondió Pilato: Lo que he escrito, he escrito.

Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo.

Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice:

-Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.

Y así lo hicieron los soldados.

Jesús perdona (Lc 23,34)

Jesús decía: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.» Se repartieron sus vestidos, echando a suertes…y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.

Jesús se compadece del malhechor (Lc 23,39-43)

Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho.»

Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.»

Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.»

Jesús y su madre (Jn 19,25-27)

Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofás, y María Magdalena. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.

Después dijo al discípulo: He ahí tu madre.

Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

La oración y el grito de Jesús (Sal 21(22))

Dios mío, Dios mío, 

¿por qué me has abandonado? 

a pesar de mis gritos, 

mi oración no te alcanza. 

Dios mío, de día te grito, 

y no respondes; 

de noche, y no me haces caso; 

aunque tú habitas en el santuario, 

esperanza de Israel. 

En tí confiaban nuestros padres; 

confiaban, y los ponías a salvo; 

a tí gritaban, y quedaban libres; 

en tí confiaban, y no los defraudaste. 

Pero yo soy un gusano, no un hombre, 

vergüenza de la gente, 

desprecio del pueblo; 

al verme, se burlan de mí, 

hacen visajes, menean la cabeza: 

«acudió al Señor, que lo ponga a salvo; 

que lo libre si tanto lo quiere». 

Tú eres quien me sacó del vientre, 

me tenías confiado 

en los pechos de mi madre; 

desde el seno pasé a tus manos, 

desde el vientre materno tú eres mi Dios. 

No te quedes lejos, 

que el peligro está cerca 

y nadie me socorre. 

Me acorrala un tropel de novillos, 

me cercan toros de Basán; 

abren contra mí las fauces 

leones que descuartizan y rugen. 

Estoy como agua derramada, 

tengo los huesos descoyuntados; 

mi corazón, como cera, 

se derrite en mis entrañas; 

mi garganta está seca como una teja, 

la lengua se me pega al paladar; 

me aprietas 

contra el polvo de la muerte. 

Me acorrala una jauría de mastines, 

me cerca una banda de malhechores; 

me taladran las manos y los pies, 

puedo contar mis huesos. 

Ellos me miran triunfantes, 

se reparten mi ropa, 

echan a suerte mi túnica. 

Pero tú, Señor, no te quedes lejos; 

fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. 

líbrame a mí de la espada, 

y a mí única vida de la garra del mastín; 

sálvame de las fauces del león; 

a éste pobre, de los cuernos del búfalo. 

Contaré tu fama a mis hermanos, 

en medio de la asamblea te alabaré.

Jesús tiene sed. “Todo está cumplido” (Jn 19,28-30)

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, dijo, para que la Escritura se cumpliese: “Tengo sed”.

Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca.

Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: “Todo se ha cumplido”. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

15.00 h. Jesús muere en la Cruz (Mt 27,46-56)

Cerca de la hora nona, Jesús clamó a gran voz, diciendo: “Elí, Elí, lamá sabaqtani?” Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

Algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: A Elías llama éste. Y al instante, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, y la empapó de vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber. Pero los otros decían: Deja, veamos si viene Elías a librarle. Más Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu.

Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.

El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios.

Estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

16.00 h. Lanzada y descendimiento de la Cruz (Jn 19,31-37)

Entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí.

Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con él.

Más cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas.

Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua.

Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo.

Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.

17.00 h. Sepultura de Jesús (Mt 27,57-66)

Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo.

Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.

Y estaban allí María Magdalena, y la otra María, sentadas delante del sepulcro.

Al día siguiente, que es después de la preparación, se reunieron los principales sacerdotes y los fariseos ante Pilato, diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Y será el postrer error peor que el primero.

Pilato les dijo: Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis.

Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia.