Lavatorio de Pies

Guía: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Todos: Amén.

Monición inicial

Como los primeros discípulos, reunidos con Jesús en el cenáculo la tarde de la víspera de la Pasión, así también nosotros nos hemos congregado aquí esta tarde memorable para recordarle a él, haciendo el mismo gesto del lavatorio de los pies.

El mismo Señor se hace presente, se sienta a nuestro lado “toma una toalla, y se pone a lavarnos los pies diciéndonos: «lo que he hecho yo contigo también haz tú con tus hermanos»”.

LECTURA DEL EVANGELIO

Guía: Con atención escuchemos la Palabra de Dios. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Un lector: Del Evangelio según san Juan.

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro y este le dice: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos». Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.

Palabra del Señor.

Todos: Gloria a ti, Señor Jesús.

Se hace un momento de silencio y oración.

Monición al rito

Esta acción de Cristo de lavar los pies a sus discípulos es también para nosotros un ejemplo de lo que ha de ser nuestra vida. De ahí el mandato: «Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis». Por una parte, experimentamos la necesidad de que el Señor nos purifique cada día, y vemos que, si no nos resistimos, como intenta Pedro, él lo hace con su palabra, con sus sacramentos, especialmente en la penitencia, donde se nos perdonan los pecados.

También en este gesto del Lavatorio se reconoce toda la vida de Cristo. Es un resumen de lo que ha venido a hacer a la tierra y que tiene su punto culminante en su Pasión. Con su amor, que le lleva al derramamiento de la sangre, el Señor nos purifica y nos capacita para participar del banquete de la Eucaristía, que es anticipo del convite eterno. Como dijo Benedicto XVI: “En los sacramentos, el Señor se arrodilla siempre ante nuestros pies y nos purifica”.

Por eso cada vez que comulgamos, que comemos el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía, aprendemos el servicio hacia los demás que nos enseña Jesús, quien, como acabamos de escuchar en el Evangelio, quiere levantarse del altar para dársenos en la comunión y, a través de nosotros, seguir llegando a los hombres para darles la salvación.

Se hace un momento de silencio y oración.

Ahora con el salmista respondamos con gozo a la Palabra de Dios escuchada y meditada, para pedir su perdón, alabarlo, darle gracias y ponernos en sus manos de Padre.

R./ Donde hay caridad hay amor, allí está el Señor.

Se puede cantar la antifonal de Taizé:

Ubi Caritas et amor, Uni Caritas, Deus Ibi est.

Salmo 115, 12-13.15-19

¿Cómo pagaré al Señor

todo el bien que me ha hecho?

Alzaré la copa de la salvación,

invocando el nombre del Señor. R./

Mucho le cuesta al Señor

la muerte de sus fieles.

Señor, yo soy tu siervo,

siervo tuyo, hijo de tu esclava:

rompiste mis cadenas. R./

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,

invocando el nombre del Señor.

Cumpliré al Señor mis votos

en presencia de todo el pueblo,

en el atrio de la casa del Señor,

en medio de ti, Jerusalén. R./

Reflexión sobre el rito

Tras esta lectura viviremos dos momentos:

1.- Individual. Antes de ponernos al servicio de los demás debemos de estar “limpios” con nosotros mismos.

2.- Comunitario. Una vez que ya estamos limpios, preparados, podemos lavar los pies de los demás, desde la humildad y con un gesto sencillo.

Guía:

Ahora imitando la acción de Cristo con sus discípulos y obedeciendo a su mandado: “…hacerlo también con vuestros hermanos”. Vamos a realizar el gesto de lavarnos los unos a los otros pidiendo el perdón de Dios y perdonándonos los unos a los otros.

En el centro pueden colocarse unas jarras y unos cuencos donde el que quiera y a quien decida, porque esté al lado, porque esa persona representa a ese hermano que no nos acompaña, pero está presente, porque es esa persona que no tiene ni cara ni nombre, porque sí… por el motivo que os empuje, podrá lavarle los pies o las manos. (Para respetar las normas sanitarias por el momento de epidemia se debería preparar una toalla para cada uno o papel secante desechable).

Mientras se pueden hacer las siguientes reflexiones:

No es un momento para pedir perdón, pero es verdad que es un momento donde nos hacemos pequeños ante el otro y en ese frente a frente, en ese silencio y solo con ese gesto podemos proponerle, ¿SERVIMOS JUNTOS?

Vamos a mostrarle al mundo, a este pequeño mundo que queda representado por los que estamos en este instante reunidos que estamos dispuestos a transformar nuestro entorno, nuestra realidad, nuestro yo, empezando con lo más sencillo, CON UN SÍ. Un sí AL SERVICIO AL HERMANO, AL SERVICIO EN COMUNIDAD, A ESTAR SIEMPRE DISPUESTOS.

Mientras que unos se levantan y hacen el lavatorio, otros podremos seguir buscando y dando respuestas a las preguntas del inicio y a estas otras:

1.- ¿Soy ejemplo para los demás?

2.- ¿A quién tomo como ejemplo?

3.- ¿Antepongo el servicio a mi servicio?

4.- ¿Estoy dispuesto a ensuciar mis manos con la tierra de sus pies?

5.- ¿Soy humilde o me entrego por mi propio egoísmo?

Puede cantarse algún canto apropiado que nos ayude: Como el Padre me amó; Donde hay caridad y amor; o alguno que la familia considere oportuno.

Si hemos enlazado el rezo de Vísperas con la celebración del Memorial de la institución de la Eucaristía y el lavatorio de pies, continuamos la oración con el Cántico Evangélico y concluimos la oración de Vísperas.

Si hacemos el lavatorio durante la cena, continuamos con el“seder”.

Si celebramos separadamente, continuamos con las siguientes oraciones.

Oración de intercesión

Guía:

Oremos a Dios Padre que, en Jesucristo, su Hijo, nos ha amado hasta el extremo y nos dio el mandamiento nuevo.

Un lector:

― Por la Iglesia, cuerpo de Cristo, para que guarde la unidad en la caridad, que quiso para ella Jesucristo, y así el mundo crea. Roguemos al Señor.

― Por el papa Francisco, nuestro obispo José, por nuestro párroco, por todos los sacerdotes, los diáconos y todos los que ejercen algún ministerio en la Iglesia; para que su vida sea siempre, a imagen de Cristo, servicio y entrega a sus hermanos. Roguemos al Señor.

―  Por el fin de esta pandemia que estamos viviendo, por quienes padecen la enfermedad, por la salvación de los difuntos y el consuelo de sus familias, por los lugares más dañados y las personas que más la sufren. Roguemos al Señor.

― Por la unión de los cristianos de oriente y occidente, para que podamos encontrar la unidad en la Cena del Señor. Roguemos al Señor.

― Por los gobernantes de todas las naciones, para que sirvan a sus pueblos promoviendo la justicia y la paz. Roguemos al Señor.

Guía:

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado; digamos con fe y esperanza:

Todos: Padre nuestro…

Oración final

Oh, Dios
al celebrar la Cena santísima en la que tu Unigénito,
cuando iba a entregarse a la muerte,
confió a la Iglesia el sacrificio nuevo y eterno y el banquete de su amor,
te pedimos alcanzar, de tan gran misterio,
la plenitud de caridad y de vida.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Todos: Amén.

Guía: (mientras todos hacen la señal de la cruz)

El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Todos: Amén.