Ante el Sepulcro de Jesús

ORACIÓN ANTE EL SEPULCRO DE JESÚS

Este esquema de plegaria se centra en la meditación de los cánticos del Siervo de YHWH, contenidos en el libro de Isaías. Cada texto se acompaña de una meditación y de un canto.

Esta oración se puede hacer entorno a un icono de Cristo, con al- guna vela encendida para crear un ambiente de oración. Si alguna familia considera que es demasiado extensa haga la oración, elíjase una parte.

Ambientación:

Hoy queremos acompañarte, Señor en estos momentos en que esperamos nuestra salvación. Especialmente en medio de esta pandemia, en estos tiempos de incertidumbre y zozobra queremos acoger y profundizar en el regalo de tu vida.

Disponnos a la oración en esta nuestra Iglesia doméstica. En este momento nos sentimos unidos a toda la Iglesia y a esta humanidad doliente, que vive con preocupación este momento. Danos la gracia de disponer nuestra mente y nuestro corazón para estar contigo, dejando de lado otras distracciones.

Jesús ha muerto en la cruz, toda la humanidad lo llora en este día. Todo está en oscuridad. También nuestros corazones lo están; sin saber qué pasos dar, sin comprender, sin esperanza. Sin saber a dónde ir y con quien. En medio de este sufrimiento de la cruz, hubo alguien que mantuvo su fe y confianza junto a Jesús. Guardó la luz del Señor en su corazón.

Esa persona es María, que confió en la victoria del amor sobre la cruz. Ella es quien no ha dejado de confiar en la Resurrección de su Hijo.

Ella veló sin perder la esperanza de la victoria de la vida sobre la muerte. Aun habiendo oscuridad, ella puso Luz. ¿Cómo lo hace? Su manera de poner luz es dejándose habitar y no dejar de guardar esa luz que un día recibió en su seno.

En la habitación puede haber encendida sólo una pequeña vela, sencilla y pobre sin que alumbre nada, esa llama representa la Fe y Confianza de la Virgen a la espera de la Resurrección de su Hijo.

Durante este día, la vela encendida simboliza a María a la espera de Jesús resucitado. Hoy, aquí, esta vela junto con la de las hermanas, son las únicas luces del Monasterio que permanecen encendidas sin cesar. Con esta pequeña llama queremos destacar esa confianza que la Virgen siempre tuvo y que tantas veces flaquea en nosotros. ¡Tenemos la oportunidad de unirnos o quedarnos fuera de esa luz! Ella dijo SI a ciegas desde el primer momento, ella mantuvo viva su confianza viva en Dios y en su Hijo amado.

Que María sea ahora la luz que todos necesitamos en nuestro interior que nos mueve a vivir. Ella puede transmitirnos su confianza y puede iluminar nuestro corazón cuando estamos en la oscuridad y no vemos. ¡Confiemos en Ella! Nos lleva de la mano a Jesús Resucitado y como ella guardemos y meditemos en nuestro corazón todo lo que ha sucedido.

Cada uno, en el momento que sienta en su corazón, se levantará y encenderá una vela de esta llama. Así en este momento oscuro, recibimos esa luz de María en nosotros. Le acompañaremos en esa espera.

Primer canto del siervo

Del profeta Isaías Is 42,1-7

Mirad a mi siervo, a quien sostengo;

mi elegido, en quien me complazco.

He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones.

No gritará, no clamará, no voceará por las calles.

La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará.

Manifestará la justicia con verdad.

No vacilará ni se quebrará,
hasta implantar la justicia en el país.

En su ley esperan las islas. Esto dice el Señor, Dios,

que crea y despliega los cielos,
consolidó la tierra con su vegetación,
da el respiro al pueblo que la habita
y el aliento a quienes caminan por ella: «Yo, el Señor,
te he llamado en mi justicia,
te cogí de la mano, te formé
e hice de ti alianza de un pueblo
y luz de las naciones,
para que abras los ojos de los ciegos,
saques a los cautivos de la cárcel,
de la prisión a los que habitan en tinieblas».

Meditación

Este hermoso cántico es el primer poema del siervo de YHWH. Ya en el Nuevo Testamento se valen de él para dibujar la figura y la misión de Jesús. El texto destaca, ante todo, que este Siervo es portador del espíritu y con él llega la salvación. Destacan ahí dos aspectos que merece la pena tener en cuenta. En un primer momento sobresale su modo pacífico, manso, de actuar: no voceará, no romperá la caña cascada, ni apagará la mecha que se extingue. Es decir, no usará la violencia para imponer su Reino. En un segundo momento señala la fortaleza para llevar a cabo su misión: no desfallecerá hasta implantar la salvación en la tierra. Detrás de todo ello está el Creador del universo que sostiene y garantiza ese plan que se manifestará en abrir los ojos de los ciegos, sacando de la cárcel a los cautivos… Este siervo no viene a condenar, viene a traer luz, libertad… viene a salvar.

Meditar este cántico primero de Isaías es saborear la bondad infinita de Dios, manifestada en la actitud de Jesús quien cumplirá ese deseo de Dios desde la mansedumbre y la fortaleza. Merece la pena tratar de ver esa entrega misericordiosa de Jesus en nuestra propia vida. De ahí nacen dos virtudes. La mansedumbre que, en los momentos que atravesamos, puede ser el contrapunto a la imposición y a la violencia –tan común en nuestro mundo–. Por otra, la fortaleza fruto de la confianza plena en Dios que puede ayudar a la fragilidad con que se dibuja la Iglesia en muchas ocasiones.

Dejamos un tiempo de silencio y reflexión. También se puede cantar alguna antifonal sencilla.

Segundo canto del siervo

Del profeta Isaías Is 49,1-6

Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno,
de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada,
me escondió en la sombra de su mano;
me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba
y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel
por medio de ti me glorificaré».
Y yo pensaba: «En vano me he cansado,
en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
En realidad el Señor defendía mi causa,
mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor,
el que me formó desde el vientre como siervo suyo,
para que le devolviese a Jacob,
para que le reuniera a Israel;

he sido glorificado a los ojos de Dios.

Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo
para restablecer las tribus de Jacob
y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».

Meditación

El segundo canto del Siervo nos habla de cuál es la vocación del Siervo del Señor y su misión, y cómo todos los pueblos son convocados a la salvación por medio del Mesías.

Comienza la lectura con un verbo importantísimo en la Escritura: “Escuchadme”. Es lo primero que le dijo YHWH al pueblo de Israel en el Sinaí: “Escucha, Israel”. Es fundamental tener el oído abierto y estar atentos a lo que el Señor quiere decirnos.

Este Siervo que aparece en el canto es una prefiguración de Cristo, pero no podemos perder de vista que esta misma llamada y misión a ser luz de las naciones, también tiene que ver con los que seguimos a Cristo, con los que nos llamamos cristianos.

Todos hemos sido elegidos, desde el vientre materno, con una vocación y una misión concreta. Isaías nos apunta una misión fundamental que es ser “luz de las naciones”, para que la salvación de Dios llegue a todos, porque como dice la Escritura: “La gloria de Dios está en que todos lleguen al conocimiento de la Verdad y se salven”.

Todos estamos convocados a dar gloria a Dios con nuestra vida y la mejor forma es cumpliendo la misión a la que Dios nos ha llamado. Pero primero necesitamos discernir a qué estamos llamados, cómo podemos llevar a cabo nuestra misión. En nuestra vida es muy importante saber discernir, de entre tantas voces que hay en el mundo, cuál es la voz del Señor. Necesitamos leer desde dentro lo que el Señor nos pide.

Hoy urge la evangelización y no podemos descansar mientras exista en el mundo un hermano nuestro que no haya oído hablar de Jesucristo, al que no se le haya anunciado la salvación. Pidamos al Señor que nos ayude a discernir nuestra vocación y misión para ser luz allá donde estemos.

Dejamos un tiempo de silencio y reflexión. También se puede cantar alguna antifonal sencilla.

Tercer canto del siervo

Del profeta Isaías Is 50,4-9a

El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo;

para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los discípulos.

El Señor Dios me abrió el oído;
yo no resistí ni me eché atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,

las mejillas a los que mesaban mi barba;
no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.

El Señor Dios me ayuda,
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,

sabiendo que no quedaría defraudado.
Mi defensor está cerca,
¿quién pleiteará contra mí?
Comparezcamos juntos,

¿quién me acusará?
Que se acerque.

Mirad, el Señor Dios me ayuda,
¿quién me condenará?

Meditación

En el tercer canto, el Siervo aparece más como sabio que como profeta. Asegura que el Señor le está introduciendo en su Sabiduría, para poder llevar al abatido una palabra de aliento.

Mañana tras mañana le despabila y le abre el oído; y la consecuencia de tener el oído abierto a la Palabra, es que no se rebela ni se echa atrás; más bien afrontará todos los sinsabores de su historia, sin histerismos ni timideces, a pecho descubierto, sabiendo que el Señor le ayuda, y por tanto no quedará avergonzado.

¡Maravillosa sabiduría, escondida a inteligentes y poderosos, y manifestada a gente sencilla! ¿Cabía que el Verbo Encarnado pasara por la tierra en plan triunfador? ¡Apabullaría a los her- manos que son cada día testigos de su limitación! Por eso, a Cristo, a pesar de ser Dios, no le vimos orlado de nimbos luminosos.

Al contrario: se desnudó de su rango y pasó por uno más en la fila de los humanos. Como uno cualquiera, tuvo que afrontar el frío y el calor, el cansancio y el fracaso, la espantada de los amigos y la ausencia de Dios, el dolor y la muerte. ¡Y qué muerte! —”Vosotros, los que pasáis por el camino de la vida: mirad y ver si hay un dolor parecido a mi dolor”, reza y canta reiteradamente la Iglesia en estos días.

Esta es la auténtica gloria del Hijo: haber entrado sin remilgos en la historia. Nosotros ¡necios! le hubiéramos sacado de ella; le hubiésemos instado a que cambiase las piedras en panes, y a que volara por los aires acunado por alas de ángeles. Hubiéramos corregido, los caminos de Dios. Pero justamente porque se sometió, lo exaltó Dios de tal modo, que toda lengua pueda proclamar ante el Crucificado: “¡Jesús es el Señor!”.

Dejamos un tiempo de silencio y reflexión. También se puede cantar alguna antifonal sencilla.