XXX Domingo del tiempo ordinario
Amarás al Señor tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo. (Mt 22, 34-40).
Jesús responde desde la oración más importante de su pueblo, la que cada fiel repetía dos veces al día: el Shemá (Dt 6, 4-9). Precisamente porque amar a Dios es escucharle y cumplir su voluntad, el amor al prójimo es la consecuencia de este mandamiento principal. Es lo que nos recuerda la primera lectura, y de esto dan ejemplo los cristianos de Tesalónica, ellos son pobres y viven un amor que se esfuerza por los demás, pues han conocido al Dios vivo y verdadero a través de Jesucristo. Este amor no es teórico sino concreto, no es un amor genérico, sino que tiene rostro, pues está a nuestro lado y nos lo encontramos cada día. Es un amor que nos pide hacer a los demás lo que queremos que hagan con nosotros. Que Dios nos conceda amar sus preceptos de esta manera.